El 70% de los 1.500 millones de personas que viven con un dólar o menos al día son niñas y mujeres1. Este fenómeno se conoce como la feminización de la pobreza.
La pobreza puede afectar de diferente manera a mujeres y hombres de la misma clase y el mismo contexto social, puesto que las mujeres encontrarán ante las recesiones económicas más dificultades, y esto debido, en gran medida, a las normas sociales que las discriminan en el acceso al trabajo, el valor que se asigna a su trabajo, el acceso a otros recursos económicos (créditos, tierra, tecnología, etc.) y a la necesidad de compatibilizar sus actividades generadoras de ingresos con las de tener cuidado de los hijos e hijas y de otras personas dependientes 2.
El análisis de género se centra en el estudio de las relaciones de poder entre hombres y mujeres. En este sentido, se tienen que revisar las funciones ejercidas por cada uno para descubrir los desequilibrios existentes en su acceso al trabajo, a los recursos, al tiempo libre, a los ingresos, a la cultura y al poder. En muchos países se observa que la mujer ocupa posiciones subordinadas en la mayoría de estas variables, incluyendo sin duda el acceso a la salud.
El acceso a la salud para las mujeres (como también para los hombres y niños/as) es, simplificándolo mucho, el resultado de la interacción entre la oferta y la demanda. La oferta vendrá determinada por la disponibilidad, accesibilidad, aceptabilidad y calidad de los bienes y servicios públicos de salud que ofrece el Estado, y la demanada por cuestiones como la estructura del parentesco, el contexto social, el reconocimiento de la enfermedad, la percepción de la gravedad de la enfermedad y la susceptibilidad, etc., todo esto influenciado por las relaciones de género.
Estas variables interactúan entre sí y también con la oferta, hasta el punto que algunos factores de la oferta se vuelven factores de la demanda. Esto es así porque los factores de la oferta pasan a formar parte de las variables, que la demanda potencial tiene en cuenta a la hora de convertirse en demanda efectiva. Por ejemplo, en países como Tanzania, Gabón, Ghana o Mozambique, donde el trabajo laboral es muy intenso, se debe tener en cuenta, además del coste del tratamiento, los costes que no están relacionados con este y que afectan a la accesibilidad del derecho a la salud. Es decir, los costes directos –coste del transporte, dietas de la persona enferma y los acompañantes– e indirectos –como la pérdida de productividad– por el hecho de desplazarse a un centro de salud 3,4. Estas condiciones pueden afectar a la decisión de ir o no al centro de salud.
Si focalizamos el trabajo de equidad exclusivamente en las causas directas que impiden que las mujeres accedan a la salud, es muy difícil conseguir cambios sostenibles en la sociedad y, por tanto, una verdadera mejora en la salud de las mujeres. Esta tarea hace falta complementarla con otra que aborde las causas de fondo de la desigualdad en el acceso a la salud por motivos de género. Por tanto, para recuperar la igualdad se tiene que empoderar a la mujer y fortalecer sus derechos.
Esto no significa que las estrategias de género se tengan que centrar exclusivamente en ellas. Más bien al contrario, en ser el hombre quien ostenta la posición de poder, resulta imprescindible contar con su participación para que tengan lugar los procesos de cambio hacia unas relaciones más equitativas con las mujeres.
1 Lamarca, C. Ella para él, él para el estado y los tres para el mercado: globalización y género. http://www.nodo50.org/maast/ellapael.pdf
2 Sojo, D., Sierra, B. y López, I. Salud y Género. Guía práctica para profesionales de la cooperación. Médicos del Mundo. 2002.
3 Muela J. et al. Malaria in Pregnancy: What can the Social Sciences Contribute?. PLoS Medicine. April 2007. Volume 4. Issue 4. e92.
4 Muela, J. y Hausmann, S. Malaria y otras penurias. Salud y desigualdades de género en Tanzania. Quaderns de l'Institut Català d'Antropologia. Sèrie monogràfics, 22. 2008.